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Por qué los libros antiguos son mejores (en general)

La cuestión es que antes había una serie de filtros que ahora ya no existen. Un libro era un milagro, el resultado de un esfuerzo ímprobo. Dar a luz uno nuevo era siempre digno de respeto. Aunque fuera para quemarlo, o prohibirlo, o fusilarlo, porque así de seriamente se trataba el invento. Un libro era una cosa seria, un arma de construcción masiva, un enemigo poderoso o un amigo decisivo. 

Antes de Gutenberg el primer y máximo filtro era el arte de la copia manuscrita. Hacía falta mucho tiempo y muchas ganas para hacerse con una copia. Por eso no se copiaban tonterías. Y los abades y los obispos o los rectores universitarios tenían una selecta colección de “ejemplares”, es decir, de libros-modelo de los cuales se copiaba a los sabios con garantía de autenticidad. Al final hemos acabado llamando “ejemplar” a cualquier libraco hermano de cincuenta mil clones. Pero en aquel entonces un ejemplar era algo único, como un cerebro embalsamado. 

Todo cambió en 1455. La posibilidad de tener en la mano decenas, cientos o hasta miles de copias de un libro obligó a construir un entramado de obstáculos formado por: 

. censura previa realizada por un estudioso; 

. parecer, juicio, informe o aprobación de la autoridad religiosa o de la academia; 

. licencia del poder civil; 

. privilegio como “copyright” primitivo, para proteger los derechos del impresor o editor durante un tiempo; 

. tasa, para evitar precios abusivos; 

. fe de erratas, para garantizar la fidelidad al manuscrito original

. las listas de suscriptores, antiguo crowfunding para respaldar una obra importante

. las dedicatorias al mecenas de turno, noble, obispo o sabio que accedía a amparar la tarea del escritor, 

. el índice de la Santa Inquisición… 

Libro que carecía de uno o dos de estos requisitos, libro que amanecía cojo y segundón. 

Con las revoluciones liberales la libertad de imprenta se hizo realidad y de golpe y porrazo -incluyendo los porrazos de los períodos dictatoriales que volvían a introducir cada dos por tres censura previa según el capricho del gobierno- se fueron eliminando todos y casi todos los filtros. 

Quedaron en las sacristías el “nihil obstat” y el “imprimatur” para los libros religiosos. Y el sello editorial y el prestigio del prologuista para los demás. Poco más. 

Ahora mismo la situación permite que sin traba alguna, y por precios irrisorios, se publique toda clase de basura. Cualquier pirado con un poquito de dinero en la cartera puede plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. O, peor aún, hacer que se lo escriba la IA, para consumo de gente sin criterio. 

A toro pasado siempre podrá haber un juez para condenar los casos de plagio, de difamación, de revelación de secretos, de siembra de odios inconfesables… ¿Pero quién nos resarcirá de las malas lecturas? ¿Quién nos indemnizará por el tiempo perdido en la lectura de versos infames? ¿Quién nos devolverá la tranquilidad perdida que nos arrebataron títulos alarmistas? 

De momento la antigüedad, que es un grado, nos garantiza que estamos leyendo cosas escritas por seres humanos acompañados. Por eso y solo por eso siempre será mejor (en general) un libro antiguo. ¿Pero qué pasará con los libros del inmediato futuro? Necesitamos con urgencia gente que nos ayude a separar el trigo de la paja. Necesitamos libreros. 

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