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Aquellos viejos catálogos
Existió -y en cierto modo existe todavía- un género literario, un tipo de libros, que eran los catálogos de las librerías de viejo.
Cuando empecé en este negocio, a finales del siglo pasado, aquellos catálogos estaban todavía en su apogeo… sin sospechar que iban a morir en cuestión de meses.
Yo hice tres.
Aquellos libros de libros, cuidados repertorios bibliográficos redactados en el argot bibliófilo (cuarto, media holandesa puntas, fatigado, o intonso, o con ex-libris del marqués de las Chimbambas y anotaciones marginales humorísticas en páginas 30 y 40, por ejemplo…) llegaban por correo y se leían con avidez y cierta ansiedad porque todos sabían que dejar para mañana un pedido podía suponer perder ¡para siempre! la oportunidad de poseer el libro soñado.
Mis primeros pedidos llegaron cuando pasaba unos días de vacaciones en Granada. Acababa de estrenar un móvil de alcatel que parecía una alpargata y aquel día pensé que me esperaba la vida padre. Imaginen estar en la playa de Salobreña y que alguien te llame para decirte que, por favor, si no es mucha molestia, le venda y envíe cuando pueda no se cuántos libros.
Luego la cosa no fue para tanto: también los libreros de viejo tenemos después de todo esa sensación de trabajar el doble y ganar la mitad.
El caso es que subieron los precios de impresión y correo, fuimos arrollados por las circunstancias y se extendió en todo el ecosistema librario la inmediatez democrática y antirromántica del catálogo puntocom. Fuimos de los primeros en entrar en Iberlibro.
Ya no es ahora el capricho -o el ojo clínico- del librero quien crea aquella selección maravillosa que ofrecían los catálogos en papel. Ahora es un frío listado, ordenado por precio total o llegado a sus manos por imposición de algún algoritmo sin corazón.
Sin embargo aún es posible seguir leyendo nuestros catálogos. Escríbanos a correo@librosconhistoria.es indicando sus temas o autores predilectos: le enviaremos un catálogo personalizado en pdf o, incluso, si lo pide educadamente, en papel, por correo, y con un sello de la catedral de Burgos de 50 pesetas.