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Trasegando libros
No se me ha ocurrido un verbo mejor para definir esta parte del trabajo del librero. Es un término vinícola, y los libros no son líquidos. Lo sé. Pero todo el mundo sabe que los vinos, los libros y los amigos van siempre de la mano.
Trasegar libros es moverlos con atención, hacerlos fluir con criterio de un montón a otro, de una estantería a una caja. Así es como lo que al principio era un montón informe se llega a convertir en un laberinto organizado.
A lo largo de mis años de librero he visto libros muy humildes siendo tratados como joyas y otros, vestidos con soberbias encuadernaciones, llenándose de polvo sin que nadie los quiera. Esta tarea de seleccionar a dónde va cada libro es por tanto una responsabilidad peculiar del oficio, mezcla de espíritu comercial, ojo clínico y sesgo emocional o intelectual.
Cuando recorran ustedes con el dedo o con la vista alguna de mis estanterías, o cuando rebusquen en las cajas de la próxima feria sepan que si un libro está ahí es por algo. Porque el librero, al final, sólo es un casamentero literario que a veces consigue acuerdos de conveniencia entre autores y lectores y otras, más felices, lecturas enamoradas.